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¿Has visto alguna vez un Architeuthis? Es un calamar gigante que puede medir entre 12 y 15 metros, de esos que aparecen en los documentales de naturaleza, viven en lo profundo del océano y pueden pesar 750 kg.

No he visto ninguno en persona, sin embargo, tengo uno dentro de mí. Así es como siento yo la ansiedad, un puto calamar de setecientos kilos que está instalado en mi pecho y me oprime hasta dejarme sin aire. Tiene unos tentáculos largos y fuertes que según el momento aprietan los pulmones, o presiona en el estómago. Extiende sus largos brazos y va apretando diferentes piezas de mí hasta dejar la sensación que mis órganos son pulpa… como un melocotón maduro que se ha caído al suelo, como una muñeca de trapo que tiene el relleno blando y las extremidades inconexas. ¿Alguna vez has sentido ese peso? ¿El miedo a que el calamar llegue y se apodere de tu cuerpo?

 La primera vez que sentí el calamar era una niña. No puedo recordar el momento exacto, no sé si tenía seis años o quizá siete, no podían ser más de ocho, no sé en qué momento llegó por primera vez, pero sí sé por qué, sé que hizo un hueco en mí, se enroscó en mi cuerpo y se quedó como fiel compañero, siempre conmigo, siempre recordando que en cualquier momento puede atacar, ha habido épocas en las que ha perdido peso, épocas en que lo he ignorado hasta fingir que no está ahí, que no forma parte de mi propio ser.

Supongo que debería estar agradecida a esas pausas, las treguas en la lucha.

Hoy el calamar se ha agitado en mi interior, ha impuesto su peso sobre mi pecho y me ha hecho gritar de dolor, un dolor tan físico como mental, un dolor crudo que me insta a vomitar en estas teclas la ira y tristeza que me embarga.

Estoy escribiendo desde el hospital. No me pasa nada, mi calamar hace tiempo que no me trae hasta aquí, solo estoy como acompañante de quién dormita frente a mí, con un ojo miro mis dedeos teclear (no sé escribir si no es así) y con el otro la observo descansar con inquietud de un sueño inducido, con la pena de ver que requiere tanto químico para sostener la situación y la culpa de desear que el sueño la acompañe un rato más y no requiera de mí. Que pueda seguir en silencio un rato más, que no deba ser o hacer nada, solo un ratito más. 

Hoy me cuesta, hoy la máscara no para de caer y las lágrimas que suelo mantener a raya con firmeza no hacen más que escapar en cuanto bajo la guardia, qué inútil me siento al estar así, que mala persona por no ser capaz de sobrellevar todo con otra actitud. Porque en cuanto mi estado anímico decae la culpa hace su entrada triunfal, se apodera de todo y válida la sensación de no merecer nada bueno.

Normalmente, soy una persona alegre, me esfuerzo mucho en ser positiva, aunque ahora que lo digo, igual si me supone tanto esfuerzo, es que no soy así, sino que trato de impostarlo. Quién sabe, ¿es el sentimiento profundo el que define el carácter o es la actitud con que lo afrontas?

Ahí podemos abrir un melón si queréis, pero no tengo la formación para daros respuestas, solo tengo preguntas y algunas suposiciones. Como estás viendo este artículo no está demasiado relacionado con la organización o el orden, aunque en el fondo os estoy mostrando el inicio de mi pasión, hoy me desnudo ante ti, lector, que quizá poseas un calamar como yo.

Cuando vivimos en la lucha contra la ansiedad, contra la depresión, nuestra casa se manifiesta también. O bien cuesta mantener el orden y tu caos interior se manifiesta como caos en el hogar, la agenda y las relaciones o quizá como yo se adueña de ti la necesidad de control, de perfección y toda esa ansiedad se transforma en un torbellino de energía que te lleva a descolgar cortinas, vaciar armarios y limpiar rincones hasta caer rendida.

Ningún extremo te ayudará a largo plazo. Yo solo puedo ayudarte a frenar el frenesí de perfección o a recuperar el control de tu entorno. Es muy importante hacerlo, ya que ver que tu entorno es desastroso te hace sentir un desastre a ti. Somos seres permeables y nos empapamos de aquello que nos rodea, así que si estás pasando un momento difícil o complicado solo te diré dos cosas: pon orden y reduce tus expectativas, no pretendas abarcar todo 

Y sobre todo, y ante todo, recuerda que esto también pasará. Pide ayuda, los profesionales de salud mental están ahí para eso. Ya basta de avergonzarse o negar su necesidad, mi terapeuta me ha enseñado a domar el calamar, me ha entrenado en la lucha contra él y gracias a eso estoy aquí, puede que hoy el calamar esté rabioso, puede que lo esté un tiempo y con sus brazos me presione hasta límites agónicos, pero tengo herramientas para sobrellevarlo, tengo las armas que me ayudarán a dejarlo ko de nuevo, quizá no será hoy, quizá no será de golpe, pero sé que como tantas otras veces, volveré a dejarlo sumiso y dominado.

Solo quería compartir contigo, lector, que, si tienes un calamar que ocupa en tu ser, déjate ayudar de todas aquellas personas que pueden proporcionarte un poco de paz, rodéate de personas que calman el calamar y huye de aquellas que le atizan con un palo hasta despertarlo y convertirlo en un ser monstruoso. Deja ir, suelta lo que te hace daño y trátate con amor, háblate con amor. Cuando el calamar te susurre maldades al oído, grítale verdades al suyo.

El calamar (o el bicho que tengas tú) es parte de ti, pero no es tu esencia, no dejes que te represente o se adueñe de ti.

I recordemos siempre ser amables.

No sabes con qué fiera está luchando cada persona, en plena batalla sangrienta puedo aparentar normalidad, puedo ir arreglada, sonreír a los vecinos en la calle. Puedo trabajar y grabar un vídeo para redes sociales. Puedo estar cuidando a mi madre en el hospital y bromear con las enfermeras. Como yo, muchísima gente, así que seamos empáticos, pacientes y amables. No sabes con qué clase de fiera está luchando la otra persona en su interior, no cuesta nada tratar bien a los demás. SÉ AMABLE.