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Tenemos que hablar de una acumulación que nunca nos gusta mirar de frente. Es una tarea
pendiente que a veces da más pereza que un trastero encallado, de esos que sabes que existen,
pero prefieres no abrir porque ya intuyes lo que hay dentro y no apetece nada lidiar con ello.
Las fotos.
Años atrás, cuando necesitabas cargar con un aparato que ocupaba espacio y peso, hacíamos
infinitamente menos fotografías. Y no te cuento cuando tenías un carrete de 30 fotos: ahí no
sabías nunca qué iba a salir. Una movida, otra con alguien bizco, una con un dedo delante del
obturador… qué tiempos, ¿verdad? Entonces cada foto tenía su porqué. No fotografiábamos una
caña y unas aceitunas, ni ese plato que tampoco era nada del otro mundo, ni una lista de la
compra porque se nos olvidaba. No creo que esos tiempos fueran mejores, pero sí bastante más
sencillos.
Llevabas el carrete a revelar, abrías el sobre con cierta ilusión y un puntito de miedo por ver qué
había salido de ahí, y luego venía el siguiente paso: escoger. Esa parte era clave. Elegías las que
de verdad merecían quedarse, enmarcabas alguna y pasabas una tarde colocando el resto en un
álbum. Si eres de los míos, incluso anotabas en la parte de atrás la fecha, el lugar y el momento.
Un nivel de compromiso que ahora parece ciencia ficción.
Y sí, eso también generaba acumulación. Álbumes y más álbumes que hoy en día siguen
apareciendo en casas donde trabajo, y toca decidir si se quedan, se van o se recolocan. Pero
aquella acumulación al menos se veía. Estaba ahí, ocupando un espacio físico, recordándote que
existía.
La de ahora no.
Ahora la acumulación está escondida en el teléfono. No se ve, no molesta… hasta que molesta.
Porque pesa lo mismo, o más, solo que te das cuenta de golpe el día que aparece el mensaje:
memoria llena. Y entonces sí, ahí vienen los sudores. Ese calor que sube por el brazo mientras
sujetas el móvil y piensas “no puede ser ahora”, porque nunca llega en buen momento. Siempre
es cuando necesitas hacer algo rápido.
Así que activas el modo supervivencia. Empiezas a borrar lo primero que pillas: capturas de
pantalla, fotos repetidas, cualquier cosa que te permita ganar unos gigas de margen. Todo muy
digno hasta que te das cuenta de que solo has aplazado el problema.
Porque sabes que eso sigue ahí.
Y sí, da más pereza que hacer la declaración de la renta. Pero ya que hay que hacerlo, mejor
hacerlo bien y no a ratos desesperados. Así que, para un momento, siéntate, ponte cómodo, algo
de música que te guste y algo fresquito de beber. Que no parezca un castigo medieval, por lo
menos.
Y antes de nada, una cosa clara: empieza con una criba sin piedad. Sin romanticismos.
Luego ya decidirás qué haces con todo eso, si lo subes a la nube o lo pasas a un dispositivo
físico. Yo soy más de lo segundo porque, como ya sabes, la tecnología y yo tenemos una relación
cordial pero superficial. Nos entendemos lo suficiente para no pelearnos, pero tampoco
profundizamos demasiado. Sea cual sea tu opción, revisa que tienes espacio. Parece obvio, pero
no lo es tanto cuando llevas media hora invertida y te quedas a medias.
A partir de aquí, la lógica es la misma que aplicas en cualquier otra parte de la casa: hacerlo con
cabeza. Mirar qué tienes y soltar lo que no tiene sentido guardar. Fotos repetidas, borrosas, cinco
imágenes del mismo momento donde nadie sale especialmente mejor que en las otras… todo
eso no aporta nada. Son ruido, y además del pesado.
Y en ese proceso, sin buscarlo demasiado, empiezas a ver cosas. Qué fotos haces, de qué tipo,
qué se repite, qué falta. No se trata de volverte loca ni de documentar cada segundo de tu vida,
pero a veces mirar ese conjunto te hace pensar: “anda, cuánto hace que no hago esto” o “vaya,
de esto no tengo nada”. Y eso también es interesante.
Después de ese mini viaje existencial (sin dramatizar), volvemos a lo práctico. Porque, seamos
honestos, la gracia de guardar fotos es poder volver a verlas algún día. Si no, ¿para qué? Así que
crear un sistema tiene todo el sentido del mundo.
Yo separo lo personal de lo profesional, porque por mi trabajo tengo un volumen de imágenes
bastante importante, y mezclarlo todo sería una forma estupenda de no encontrar nada nunca
más. En lo personal, soy muy fan de las carpetas. Sí, lo admito. Me gustan. Mucho.
A partir de ahí, cada uno tiene que encontrar su manera. Yo suelo hacer una carpeta por año y
dentro dividir por temáticas: vacaciones, cumpleaños, Navidad… lo que tenga sentido para mí.
Pero igual a ti te encaja más hacerlo por meses, por trimestres o directamente por eventos
concretos si haces muchas fotos. No hay un sistema mejor, hay uno que te funciona a ti y que
eres capaz de mantener en el tiempo.
También me gusta tener una carpeta un poco más atemporal, donde guardo fotos familiares que
me parecen bonitas, de esas que sabes que en algún momento vas a querer imprimir, enmarcar o
simplemente recuperar sin tener que ponerte a buscar entre mil archivos.
Lo importante no es hacerlo perfecto ni complicarse demasiado, es que cuando quieras
encontrar algo, lo encuentres sin perder media vida por el camino.
Si decides guardarlo en un dispositivo físico, etiqueta bien y guarda todo junto, en un sitio lógico.
Parece una tontería, pero no lo es cuando meses más tarde quieres encontrar algo concreto.
No te voy a engañar: es una tarea pesada. A mí me cuesta, y bastante. Yo pondría antes una
lavadora, fregaría el baño o saldría a dar una vuelta. Pero tiene una parte útil: te obliga a decidir.
Y eso hace que, a partir de entonces, empieces a gestionar las fotos de otra manera.
A eliminar en el momento, por ejemplo. A no guardar cinco versiones de lo mismo “por si acaso”.
A borrar esa captura de pantalla cuando ya no la necesitas. A dejar de acumular cosas que no
aportan absolutamente nada.
Y ya que te pones, crear un par de carpetas en el móvil tampoco está de más. Algo sencillo, sin
volverte loca: familia, viajes, cosas tuyas… lo justo para no tenerlo todo mezclado en un único
desastre.
Y para terminar, una pregunta que suele incomodar más de lo esperado: las fotos que tienes
enmarcadas en casa, ¿de qué año son? Porque en muchas casas hay un momento en el tiempo
que se ha quedado congelado. Y sin darte cuenta, eso te ancla. Te hace mirar hacia atrás más de
la cuenta.
No pasa nada por revisar eso de vez en cuando. Por añadir una foto actual, por actualizar lo que
te rodea. Porque si tú cambias, tu entorno también puede hacerlo.
Recuerda que una casa ordenada no te dará la felicidad, pero una caótica te la puede robar.