La gente suele pensar que las organizadoras hemos nacido con un don innato para el
orden. Que miramos una habitación y, por arte de magia, los objetos se colocan solos
en su sitio.
Algunas quizá sí lo tengan. Pero otras —como yo— hemos llegado al orden por
caminos menos mágicos y más humanos. Y está bien así.
Por si pensabas que era de esas hadas que ordenan con una varita y una sonrisa,
déjame contarte un poco mi relación con el orden. Quizá no sea lo que esperas leer de
una organizadora, pero es la verdad.
De pequeña, mi vida no tenía mucha estructura. En casa había un poco de caos con los
horarios, los hábitos y el orden. Y no lo digo con reproche —cada familia hace lo que
puede con los recursos y las situaciones que le tocan—, pero en aquel entorno sin
control descubrí algo: ordenar me calmaba.
La casa, en general, era un drama (en el mejor sentido), pero mi habitación era mi
pequeño mundo. El único espacio que podía controlar, y allí me refugiaba.
Mientras otros niños jugaban a médicos o maestros, yo vaciaba armarios y volvía a
colocarlo todo de otra manera. Mi juego favorito era cambiar los muebles de sitio y
buscar la forma más práctica de usarlos.
Con los años, ese patrón se repitió. Cada vez que la vida me sacudía, yo me escondía
detrás del orden. Fuera todo era incierto, pero dentro de mi habitación todo tenía un
sentido. Era mi refugio particular.
Cuando me independicé, la relación con el orden cambió. Ya no tenía esa necesidad
obsesiva, pero me dio fuerte por comprar. Ir de tiendas era un plan, un premio, una
terapia barata (hasta que veía la cuenta bancaria). Sin darme cuenta, la casa empezó a
llenarse de cosas: juguetes, recuerdos, “por si acaso”, y todo eso que “seguro que
algún día servirá para algo”.
A simple vista todo estaba “bien”, pero detrás de esa apariencia había demasiadas
cosas y demasiado cansancio. Cuanto más intentaba tenerlo todo bajo control, más
tiempo pasaba limpiando, ordenando y… sí, comprando cosas nuevas para
“mejorarlo”.
Un pez que se muerde la cola: más tiempo en la casa = más estrés. Y cuanto más
estrés, más fácil era acabar en el centro comercial buscando relajación. (Ya te
adelanto que no la encontraba.)
Como muchas personas, tapaba carencias emocionales con compras. Una
mentalidad de escasez y mucho miedo a no tener suficiente me hacían llenar la casa
en lugar de llenarme yo —de aprendizajes, aventuras o, simplemente, descanso.
Con los años, y a medida que nuestro hijo crecía, dejé de comprar tanto. Pero el daño
ya estaba hecho: teníamos demasiadas cosas. Y como soy una mujer de extremos, el
péndulo se fue al otro lado.
Ya no llenaba vacíos con objetos (o no tanto), pero sí cubría mi miedo a no ser
suficiente haciendo mucho más de lo necesario.
Ese miedo lo compensaba con una casa extremadamente limpia, ordenada y bajo
control total: gastos, horarios, comidas, ropa… todo tenía que ser perfecto. Y yo, claro,
también. Un nivel de autoexigencia digno de una Rottenmeier robotizada.
Con el tiempo, esa obsesión por tenerlo todo bajo control me pasó factura. Llegué a
sentirme incapaz de ir de copiloto: prefería conducir o no moverme. Subirme a un bus…
ni de broma.
También empezó a incomodarme el contacto físico. Necesitaba tener siempre una vía
de escape en cualquier sala o espacio, y un abrazo —salvo de mi hijo o de mi marido—
podía provocarme un ataque de pánico.
Imagínate lo que suponía ir a un concierto, de compras en Navidad o simplemente al
mercado del sábado.
Esa etapa fue dura, sí. Pero sobre todo fue un gran espejo. Viendo el conjunto, puedo
decir que no vivía: controlaba. Todo tenía que pasar por mi filtro, todo previsto, todo
perfecto. Y lo más irónico es que, pese a tenerlo todo “bajo control”, por dentro había
un caos monumental.
El orden que de niña me había ayudado a sentirme segura ahora me ahogaba. Ya no era
una herramienta, era una coraza invisible hecha de normas y “tengo que”.
Tardé en entenderlo. En darme cuenta de que, por querer hacerlo todo perfecto, me
estaba perdiendo la vida. Que mi “orden” era, en realidad, miedo disfrazado de
eficiencia.
El cambio real llegó cuando empecé a mirar hacia dentro.
Comprendí que detrás de esa necesidad de control había miedo: a no ser suficiente, a
perder el control, a repetir historias que había vivido de pequeña.
Trabajar mi autoconocimiento lo cambió todo. Cuando entiendes de dónde vienen tus
reacciones, es mucho más fácil frenarlas. Y sobre todo, mirarte con más ternura (que
ya tocaba).
La terapia también ayudó mucho. Curiosamente, no recuerdo haber hablado
demasiado de la casa o del desorden —y aun así, lo que aprendí allí fue justo lo que
después apliqué en casa: aprender a soltar el control.
Descubrí que la casa solo era el reflejo. Que el verdadero orden empezaba dentro de
mí.
Y de ahí nacieron mis monstruos.
Sí, literalmente. Todos esos pensamientos, miedos y exigencias que me habían hecho
vivir atrapada acabaron teniendo voz, nombre y carácter propio. El monstruo del Caos,
que me enseñó lo que pasa cuando no hay estructura. Y el monstruo Rígidus (o
Exigentus, depende del día), que me mostró lo que ocurre cuando hay demasiada.
Ahora trabajo con ellos en mis talleres: ayudo a las personas a conocer sus propios
monstruos y a encontrar su punto de equilibrio entre el desorden y la rigidez. Porque
todos convivimos con alguno, solo que algunos se disfrazan mejor que otros.
Con el tiempo he entendido que la mayoría vivimos a medio camino entre esos dos
extremos. Algunos nos perdemos entre montones de ropa y papeles; otros, entre
normas y listas infinitas. Pero todos buscamos lo mismo: paz.
Hoy ese es mi propósito: ayudar tanto a quienes viven en el caos como a quienes viven
en la rigidez.
A quienes necesitan poner límites y a quienes necesitan relajarlos.
A quienes creen que el orden es la solución para todo y a quienes piensan que es una
pérdida de tiempo.
Porque el orden no es una meta, es un camino. No es rigidez, es estructura. Y una
buena estructura no te encierra: te sostiene.
Cuando entiendes eso, todo cambia. La casa deja de ser un escenario que intentas
controlar y se convierte en un espacio que te acoge.
Y vuelvo a la frase que lo resume todo —y que, si me has leído antes, ya conoces:
Una casa ordenada no te dará la felicidad, pero una caótica te la puede robar.
Aunque añadiría algo más:
Una casa ordenada desde la calma —no desde el miedo— puede ser el lugar donde la
felicidad empiece a hacerte sitio.


