Te cuento un secreto: muchas organizadoras profesionales no hacen el cambio de armario.
No porque no crean en él, sino porque van haciendo el descarte de forma consciente durante
todo el año. Cada vez que se ponen algo, esa prenda pasa un filtro muy claro: ¿me queda bien?,
¿me siento cómoda?, ¿me gusta? Si la respuesta es no, no vuelve al armario. Y si además tienen
poco volumen de ropa y son bastante desapegadas, pueden tener toda la ropa disponible todo
el año.
Lo entiendo perfectamente. Yo podría hacerlo igual: tengo espacio, sé cómo hacerlo y tendría
todo el sentido del mundo. Pero ¿por qué renunciar a algo que me parece un planazo?
Porque para mí el cambio de armario no va de mover la ropa de invierno a una caja y colgar la de
verano. Va de algo mucho más profundo. Es un ritual. Una toma de consciencia de cómo estoy,
de cómo está mi vida, del orden que hay —o no— y, sobre todo, de hacia dónde quiero ir.
Todo empieza con el ambiente. Música de los 80 o los 90, una limonada casera bien fresca y la
promesa de una cita conmigo misma. No para mirarme al espejo a ver cómo me queda la ropa.
No va de eso. Va de mirar por dentro. De preguntarme dónde estaba hace nueve meses, cuándo
me puse esa ropa por última vez y dónde estoy ahora. Quién era entonces y quién soy hoy.
Empiezo revisando cada prenda con calma. Me pregunto si todavía me representa, si me apetece
ponérmela, si me veo bien con ella, si tiene la talla adecuada. También me fijo en su estado real:
agujeritos, zonas descoloridas, pelotillas… señales bastante claras de que esa prenda lo ha dado
todo y merece, como mínimo, un aplauso… y la jubilación.
A veces me pregunto si volvería a comprar esa prenda hoy y, otras, qué ropa me apetece de
verdad llevar.
La mayoría de las veces no es ropa nueva, sino prendas que ya habitan nuestro armario, pero a
las que no les damos espacio. Vestidos cómodos y bonitos que no bajan de la percha más que
un par de veces cada temporada, pantalones que suman ese toque de elegancia pero que
acaban cediendo terreno al vaquero desgastado que ni fu ni fa…
O la falda que compraste con ilusión y que ahora te mira con reproche desde su rincón,
esperando que la saquen a jugar. Deseando que las ganas que tenías de ponértela en la tienda
sean más poderosas que el miedo al qué dirán, que la pereza de salir de la zona de confort, esa
que a menudo nos mantiene ancladas en un lugar que hace tiempo dejó de ser cómodo.
Es en este punto donde suelen aparecer mis monstruos.
Uno de los más habituales es Esperantis, el que vive en la ropa “para cuando”. Para cuando vaya
a esos sitios, para cuando tenga otra vida, para cuando me sienta diferente. Prendas que no
habitan el presente y que ocupan espacio esperando un futuro que, muchas veces, no llega como
lo habíamos imaginado.
También aparece Retro, escondido en esas piezas que ya no somos, pero que nos cuesta soltar.
No porque nos gusten especialmente, sino porque pertenecen a otra etapa, a una versión
anterior de nosotras mismas o a una historia que aún no sabemos muy bien dónde colocar.
Y luego está Fidelis, el monstruo de la lealtad mal entendida. Aparece con los regalos, con
prendas que no elegimos del todo, pero que siguen ocupando espacio porque alguien pensó en
nosotras. No tanto por apego a la prenda, sino por la dificultad de decidir qué hacer con algo
que viene cargado de intención ajena.
Entender esto cambia la mirada. Ordenar la casa no viene solo: suelen aparecer
descubrimientos sobre uno mismo y respuestas que, a su vez, abren nuevas preguntas. Y no pasa
nada. De hecho, es ahí donde el cambio de armario empieza a tener sentido.
Este ritual no implica quemarlo todo y sacar la tarjeta como si la factura le fuera a llegar a otra
persona. Recuérdalo: le llegará a tu yo del futuro en unas semanas, y probablemente se
mosqueará bastante si no han sido compras pensadas, coherentes con el espacio y con el precio.
Así que, sentido común. Empieza por descartar lo que claramente no, y observa qué hay en tu
armario pidiendo salir a jugar. Si luego necesitas algo concreto, ya habrá tiempo de comprarlo.
No se trata de hacer una oda al consumismo extremo, sino de tomar consciencia de por qué
tenemos lo que tenemos y qué queremos hacer de verdad con nuestras vidas.
Vaciar el armario y dejarlo respirar cambia la energía. Al menos para mí. Me encanta aprovechar
para hacer una limpieza profunda, quitar el polvo de los rincones y quedarme con un lienzo en
blanco donde decidir si el sistema de organización que tenía hasta ahora me funciona o si
podemos probar algo nuevo para mejorar aquello que nunca acaba de estar bien del todo.
Cuando empiezo a meter la ropa otra vez, casi siempre hay alguna prenda más que se queda
fuera. Este segundo cribado ayuda mucho. El orden y la toma de decisiones se entrenan, así
que a la segunda vuelta, decidir suele ser más fácil.
Es un momento ideal para probar las prendas con las que dudas, preparar una bolsa para la
modista o decidir vender aquello que está bien pero ya no encaja contigo. Y esas piezas que te
hacen dudar más de la cuenta son, precisamente, las siguientes que deberías ponerte. No delante
del espejo cinco minutos, no. Ponértelas de verdad. Todo el día. Para trabajar, para salir o para ir
al supermercado.
Si hay muchas en esa categoría, haz un menú de ropa. Nada ayuda más a decidir que llevar la
ropa puesta ocho horas y arrepentirte a las dos.
Dejemos ya de preguntarnos solo si nos entra o si creemos que nos la vamos a poner. No va solo
de talla. Va de que nos siente bien y de que nos haga ilusión llevarlo, aunque sea una simple
camiseta blanca. No podemos decidir de verdad si algo se queda sin pasar por el cuerpo. Y que
pensemos que lo vamos a usar no hace que eso sea verdad o que nos convenga; de hecho,
puede forzarnos a usar cosas que no deseamos llevar.
Todo lo que ocupe espacio en nuestro armario debería ganarse el derecho a estar ahí y poder ser
usado cuando nos apetezca. Y si todo esto te suena más a infierno que a ritual, y lo único que
quieres es que el verano se materialice en tu armario por arte de magia, llamar a una
organizadora profesional también es una forma estupenda de quitártelo de encima.
Porque una casa ordenada no te va a dar la felicidad, pero una caótica te la puede robar.


