Hay años en los que una se desconecta de sí misma sin darse cuenta.
No en plan retiro espiritual ni nada místico. Desconectarse de verdad: dejar de escucharse.
Este año me ha pasado.
No ha sido por dejadez ni por pasotismo. Más bien al contrario. Con todo lo que nos ha
tocado vivir, cualquier cosa que me dolía, molestaba o chirriaba la iba metiendo en el
mismo saco: el duelo. Y así, poco a poco, me fui dejando para luego.
Para ponerte en contexto, el año pasado perdimos a seis personas, dos de ellas muy
cercanas y queridas, que han dejado un hueco difícil de ignorar.
¿Que me duele la rodilla? Normal, si no estoy haciendo el deporte que necesito para
muscular la pata.
¿Que me despierto a las dos de la madrugada y ya no vuelvo a cerrar el ojo? Claro, ¿qué
quieres con todo lo que hay por digerir?
Y así con todo.
Una procrastinación constante de mí misma.
Hasta que un día empecé a notar molestias en la boca. Una sensibilidad rara, incómoda,
pero no insoportable. Y pensé lo mismo que tantas otras veces: estás sensiblona, Carlita. No
le des más vueltas. Sigue con lo tuyo.
Evité las cosas frías, cepillé con suavidad y, no te lo niego, cayó algún analgésico en los días
de más molestia.
Error.
Resulta que tenía un empaste del pleistoceno roto. Roto de verdad. Y yo, ignorando las
señales y normalizando el malestar, dejé que aquello fuera haciendo mella.
Cuando la dentista me lo dijo, incluso me alegré:
“Ah, pues qué bien. Me reempastas y ya”.
Pues no.
Porque cuando un empaste se rompe, la cosa no va de tapar y listo. Se cuela porquería, se
queda ahí, no sale ni con el mejor cepillado. Y, paradójicamente, es casi peor que una caries
nueva.
Conclusión: cuatro pinchazos de anestesia, media hora esperando a que la boca se
convirtiera en corcho, un dinero que habría preferido gastar en una buena cena y una media
cara tonta que todavía hoy me recuerda la jugada.
Y sí.
Como ya te imaginas, esto va de orden.
Mientras estaba sentada en el sillón del dentista, esperando a que la anestesia hiciera
efecto, pensé en lo fácil que habría sido evitar todo eso si hubiese atendido la primera señal.
Si no hubiera minimizado el dolor solo porque no era tan grave.
El caos funciona igual que un dolor de muelas.
Empieza despacio. Sin hacer ruido. Estás en un momento complicado, con mucho trabajo o
atravesando algo personal y, aunque ves que en casa algo no va bien, lo justificas. Ya lo
solucionaré cuando tenga tiempo. Ahora no es el momento. No pasa nada por unos días así.
Pero el desorden no se queda quieto.
Crece. Se expande. Ocupa más estancias, más cajones, más cabeza. Te hace perder tiempo
en buscar cosas, te hace gastar dinero en comprar algo que quizá ya tienes pero has
perdido, te hace sentir que nunca nada está del todo bien.
Igual que una caries va cavando su hueco hasta que, un día, sin avisar, toca nervio.
Ahí sí.
Ahí ya no puedes mirar hacia otro lado.
Empieza el dolor de verdad. Ese que no te deja pensar en otra cosa. El que hace que te dé
vergüenza invitar a gente a casa, que pospongas encuentros, que te sientas pequeña en tu
propio espacio; a veces hace que después del trabajo no quieras regresar y busques excusas
para alargar el momento de entrar, y eso, en ocasiones, te lleva a comprar cosas de más.
Cosas que te hacen olvidar un rato el malestar, que incluso compras pensando que te
ayudarán a volver al orden, cuando en realidad casi siempre lo empeoran.
Sabes que tienes que hacer algo, pero ya no sabes qué. Porque lo que antes te calmaba —
ordenar un rato, esconder cosas en un armario, prometerte que el fin de semana lo
arreglas— ha dejado de funcionar.
Las personas solo cambiamos por dos motivos: por inspiración o por desesperación.
Cuando el dolor es penetrante, ya estamos en la segunda palanca de cambio.
Ojalá no haga falta llegar a la desesperación.
Ojalá este texto sirva para que te preguntes si hay algún dolorcito leve que estás ignorando.
Algo pequeño, manejable, que aún estás a tiempo de atender sin anestesia ni pinchazos.
No lo ignores. Sé que a veces el tiempo parece escaso y el orden superfluo, pero no lo es.
Priorizar una parte de ese tiempo a organizar tu vida y tu casa te liberará tiempo en el
futuro, aunque te cueste creerlo. No solo te devolverá tiempo que ahora pierdes en buscar
cosas, decidir qué ponerte o intentar alcanzar la sartén.
También te traerá calma, paz mental, una sensación de control y seguridad en esa casa que
debería ser un refugio.
Y si ya has llegado al punto del “no puedo más”, haz algo. Lo que sea. Pero hazlo.
Porque una vez identificas el punto de dolor, es muy difícil dejar de sentirlo. Y alargar la
espera solo empeora la caries.
Empieza por un cajón, apóyate en libros, en pódcasts o en profesionales, pide ayuda a tu
entorno si no puedes hacerlo por tu cuenta.
Pero toma acción, porque un dolor de muelas te puede arruinar la existencia hasta que no le
pones solución y, aunque una casa ordenada no te dará la felicidad, una caótica te la puede
robar.


