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El otro día colgué un reel muy simple en clave de humor. Comentaba que una de mis fantasías
domésticas consiste en dejar algo en la escalera que debe subir al piso de arriba y que mi hijo o
mi marido, aprovechando que van hacia allí, lo cojan y se lo lleven.
Adivina: eso no suele pasar.
Más bien suelen esquivarlo con una habilidad sorprendente o directamente actuar como si esa
bolsa, caja o jersey no existieran.
Yo pensaba que era solo una broma sobre algo cotidiano, pero removió muchísimo. Hubo un
montón de madres y padres comentando que les pasaba exactamente lo mismo, pero también
apareció una hija bastante ofendida preguntando si mi hijo sabía que tenía que subir aquello, si
yo se lo había explicado o si esperaba que lo supiera por telepatía.
Y aunque me sorprendió el tono de algunos comentarios, también me hizo pensar. Porque, en el
fondo, tenía parte de razón.
Si en una casa no existe un sistema compartido por todos, solo puedes acertar si haces
exactamente lo que la otra persona esperaba que hicieras en ese momento concreto. Y eso es un
juego imposible. No se puede mantener el orden, ni la convivencia, ni pedir corresponsabilidad
de esa manera.
Cuando hablo de sistemas en una casa no me refiero a nada complicado. Hablo de que cada
cosa tenga un lugar al que volver y de que existan hábitos que hagan que ese regreso sea casi
automático. Y ahí aparecen también lo que yo llamo los códigos del hogar.
Cada casa tiene los suyos. En la mía, por ejemplo, dejar algo en un escalón significa claramente
que eso debe subir al piso de arriba y que la siguiente persona que pase por allí puede
aprovechar el viaje. En otras casas existe el código de dejar el lavavajillas abierto para indicar que
está limpio y hay que vaciarlo antes de seguir llenándolo, una garrafa de agua en mitad del
garaje esperando terminar en la cocina o una bolsa colgada de un pomo porque quien salga
después tiene que llevársela.
El problema es que esos códigos no son universales, son nuestros. Nos parecen de sentido
común porque convivimos con ellos cada día, pero muchas veces el sentido común no es más
que el nombre elegante que le damos a nuestras costumbres. Lo que en tu casa significa una
cosa, en otra puede significar algo completamente distinto.
Ahí es donde empieza el conflicto. Dejamos una bolsa en la escalera convencidos de que está
clarísimo, de que cualquiera lo entendería, pero resulta que no. Y no porque los demás no
quieran colaborar, sino porque nadie les ha explicado el código.
Entonces aparece la frustración. Esperamos que los demás entiendan las señales, que interpreten
correctamente los mensajes ocultos y que vean lo mismo que vemos nosotros. Y cuando no
ocurre, el problema deja de ser la caja, la bolsa o la basura.
Nos lo llevamos a la emoción.
Ya no es que nadie haya subido la caja. Es que no les importa nada. Es que siempre lo hago yo
todo. Es que no me valoran. Es que se creen que estoy a su servicio.
En cuestión de segundos pasamos de «nadie ha recogido la ropa tendida» a «esta familia
sobreviviría exactamente tres horas sin mí».
Y si eres madre o padre seguramente has pronunciado alguna de esas frases míticas que durante
años juraste que jamás dirías.
«No me he sentado en todo el día.»
«Un día cojo la puerta y me voy.»
«Si no estuviera yo aquí se os comería la mierda.»
Cuando eres pequeña te parecen exageraciones históricas. Luego creces, tienes una familia y
entiendes perfectamente de dónde salen.
Pero entenderlas no significa que solucionen nada. Más bien suelen aparecer cuando llevamos
demasiado tiempo acumulando cosas que no hemos dicho, cuando falta organización, cuando
las tareas no están repartidas de forma clara o cuando alguien lleva demasiado tiempo
sosteniendo más de lo que puede sostener. Y, sobre todo, cuando falta comunicación.
La solución rara vez pasa por repetir las cosas más alto. Normalmente pasa por sentarse, hablar y
pensar cómo queremos que funcione la casa, quién hace qué, qué espera cada uno y qué
significan esos pequeños códigos que damos por supuestos. Porque lo que no se habla no se
sabe, y lo que no se sabe difícilmente se puede cumplir.
Lo ideal es crear ese sistema juntos para que todos los miembros de la familia puedan participar
en él según su edad y capacidades. Claro que esto suele ocurrírsenos cuando el vaso ya está
lleno. Cuando llevas semanas acumulando irritaciones y te sientes como las cataratas del Niágara
a punto de desbordarse. Y no. Ese no es el momento.
Cuando estás de mala leche todo parece muchísimo peor y cualquier conversación corre el riesgo
de convertirse en una recopilación de reproches de los últimos diez años. En esos momentos es
mejor parar, identificar qué situaciones han ido llenando el vaso y pensar qué necesitas
realmente. Porque no siempre es lo mismo querer ayuda que querer reconocimiento. Y a veces
confundimos una cosa con la otra.
Después espera un poco. Y cuando ya no te sientas una furia homicida sobrevolándote como un
moscón. De buen rollo. Sin los «tú nunca». Sin los «yo siempre». Sin convertir la conversación en
un juicio doméstico.
A veces basta con algo tan sencillo como decir:
—Vamos a hacerlo diferente porque esto no está funcionando.
No se trata de buscar culpables. A estas alturas ya no podemos cambiar el pasado, así que mejor
centrar la energía en construir algo que funcione mejor a partir de ahora. Explica qué necesitas.
Explica cómo te sientes. Y buscad juntos un acuerdo que funcione para todas las partes.
Suena a fantasía, ¿verdad? Te prometo que no lo es.
He acompañado a muchas familias a crear estos sistemas y ponerlos en marcha. La base suele ser
siempre la misma: paciencia, simplicidad y recordar que, en la mayoría de los casos, las personas
que viven contigo no están intentando complicarte la vida. Simplemente no han visto la caja, no
han interpretado la señal o no han convertido ese gesto en un hábito. Y tampoco van a hacerlo
de un día para otro.
Por eso hacen falta paciencia y persistencia. Cada cosa debería tener un lugar asignado al que
regresar y todos deberían conocerlo. Muchas veces cambiamos cosas de sitio sin decir nada
porque pensamos: «Total, esto solo lo toco yo». Pero ahí estamos enviando un mensaje bastante
claro: esto es mío y me encargo yo.
Si queremos corresponsabilidad necesitamos hacer justo lo contrario. Incluir a los demás en las
decisiones o, como mínimo, explicar los cambios. Y especialmente explicar el porqué. Porque
cuando entendemos por qué una cosa está en un sitio concreto resulta mucho más fácil recordar
que debe volver allí.
No es fácil, no es divertido y desde luego no es rápido. Pero es necesario si no queremos sentir
que cargamos la casa en solitario.
Y si precisamente lo que más te bloquea es crear ese sistema, para eso existimos las
organizadoras profesionales. Para ayudarte a decidir dónde va cada cosa y crear hábitos que
acompañen.
Y no somos las únicas. Un servicio de limpieza unas horas al mes puede aliviar muchísima carga
física y mental. Y cuando el problema ya no está en las tareas sino en la comunicación, una
terapia familiar o de pareja puede aportar muchísimo orden y paz.
Porque una casa debería ser nuestro refugio, ese lugar donde bajamos la guardia, donde nos
sentimos seguros y donde recuperamos energía. No un campo de batalla en el que sobrevivir
hasta el día siguiente.
Por eso siempre digo que una casa ordenada no te dará la felicidad, pero una caótica te la puede
robar.