Nadie se levanta un día y piensa:
“Hoy voy a empezar a llenar mi casa de cosas inútiles hasta que no quepa ni yo”.
Y, sin embargo, pasa. Pasa despacio. Sin ruido. Cajón a cajón.
Un “esto no lo tiro todavía”.
Un “ya lo miraré”.
Un “por si acaso”.
Y cuando te das cuenta, tienes la casa llena… y una sensación rara en el pecho cada vez que
abres un armario.
Llevo tiempo trabajando como organizadora profesional y, si algo he comprobado en cada
proyecto, es que el desorden no suele ser el problema, es el síntoma. La casa solo hace de
espejo, uno bastante honesto, por cierto.
Lo que nos rodea en casa, suele ser un reflejo de como nos sentimos por dentro, si tu mente
es un torbellino de pensamientos y tus emociones caóticas, cunado tu vida en general no
tiene una estructura o pasas por un momento vital complicado, tu casa cuesta más de
mantener y suele descontrolarse.
No debe avergonzarnos, todos pasamos por ahí en algún momento, simplemente, hay que
reconocer que algo está pasando y reconducir la situación.
Todos tenemos patrones. Formas de reaccionar que repetimos sin pensar demasiado,
especialmente cuando vamos en piloto automático, sobreviviendo más que viviendo.
En ese modo es muy fácil empezar a guardar cosas sin preguntarnos demasiado por qué. No
porque nos encanten, no porque las usemos, sino porque tirarlas incomoda.
Tomar decisiones, a veces es agotador, soltar da vértigo y hay etapas en que buscamos la
seguridad en los objetos que poseemos.
La gran queja que escucho: “no tengo espacio” suele provenir de la acumulación, cuando
falta espacio, casi siempre el problema es que sobran cosas.
El famoso “por si acaso” no es previsión, es ansiedad con buena prensa.
Guardas ese tarro de mermelada vacío, ese cable imposible o esa bolsa dentro de otra bolsa
porque una parte de ti cree que, si no lo haces estás derrochando, o incluso que te va a
faltar en el futuro, no es más que miedo, pero nos da unos argurmentos lógicos para que
sigamos en ese bucle.
Curiosamente, ese mismo mecanismo suele aparecer más allá del orden en casa: aguantar
trabajos que ya no te representan, por miedo a no encontrar nada mejor y morir de hambre
bajo un puente (nos encanta el drama), relaciones que no te hacen bien, pero sostienes por
no quedar mal, o aguantas situaciones que sabes que no van a ningún sitio… por si luego te
arrepientes, por si te quedas sola, por si no hay nada mejor.
No es prudencia, es miedo. Son situaciones que sabemos que nos hacen bien, pero
requieren de valentía y firmeza cambiarlas.
Luego está el apego emocional, que tiene muy mala fama y, en realidad, es bastante
humano. Claro que los objetos pueden tener carga emocional. Una alianza no vale lo mismo
que un anillo cualquiera y un recuerdo no se mide en euros. El problema aparece cuando
prácticamente todo se convierte en un tesoro. Cuando cada camiseta, cada papel y cada
trasto “sabe mal tirarlo” porque recuerda a algo o a alguien. Entonces la casa se llena de
pasado y no deja espacio para que entre nada nuevo. Ni en los armarios ni en la vida.
Otro clásico es el “me costó un dineral”. Las botas carísimas que te destrozan los pies pero
ahí siguen, ocupando sitio y recordándote cada día que te equivocaste. Ese aparato que
parecía una gran inversión y ahora vive olvidado en un cajón. Si la lógica dice: no lo uses
más. El siguiente paso debería ser soltarlo. Pero no. Ahí aparece la trampa mental: como me
costó un riñón, tengo que quedármelo. Resultado: pagas dos veces. Una en la tienda y otra
cada vez que lo ves y te castigas por ello.
Y luego está la culpa, probablemente la más pesada de todas. Los regalos que no te gustan,
los muebles heredados, las cosas de personas que ya no están. Nos han hecho creer que
deshacerse de objetos es olvidar personas, ser insensibles, y no es verdad. No quieres
menos a nadie por soltar algo que no encaja contigo. De hecho, suele ser más respetuoso
darle una segunda vida que abandonarlo criando polvo en un rincón o llevarlo a desgana
(que también pasa).
También existen los acumuladores “funcionales”, los que guardan cosas porque creen que
algún día servirán. A veces es cierto, pero muchas otras no. Un cargador de 2008 no está
esperando su gran momento. Está ocupando espacio físico y mental, y tú lo sabes cada vez
que abres ese cajón y suspiras.
La verdad incómoda es esta: no acumulamos cosas, acumulamos miedos, culpas, historias
mal cerradas y falsas seguridades. La casa solo lo pone en evidencia.
¿Te atreves a revisar tus porsiacasos y responder sinceramente, porque están ahí?
Te invito a usar el orden como herramienta de introspección y crecimiento personal, más
allá de la estética, el orden nos trae paz.
Úsalo como arma para vivir mejor, en casa y fuera de ella, si entiendes qué te hace acumular
es probable que logres conectarlo con otros aspectos de tu vida que pueden desatascarse o
liberarte de situaciones nada beneficiosas para ti, de regalo, tendrás más tiempo y una casa
más agradable. Una casa ordenada no te dará la felicidad, pero una caótica, te la puede
robar.


