Hoy no quiero hablarte de técnicas para mantener la cocina en orden, ni de cómo
hacer un cambio de armario que te facilite la vida y te haga sentir bien. Esta vez vengo
con un tema mucho más profundo, un tema que a muchas personas les asusta, pero
que desde mi punto de vista es ineludible.
La muerte.
Por desgracia, en cuestión de tres meses se han ido dos personas muy importantes
para mí, y el dolor de la pérdida sigue siendo desgarrador.
Escribir siempre me ha ayudado a digerir la pena y me sirve como terapia. Por eso he
pensado que también podría ser beneficioso para ti que estás leyendo esto, porque sí:
la muerte también se puede organizar.
A menudo hablo de mi trabajo en reorganizaciones durante el duelo. Ayudar a la familia
más cercana a soltar las pertenencias de alguien es una tarea difícil y dolorosa. La
culpa juega un papel importante, al igual que la necesidad de sentir que esa persona
sigue con nosotros. A veces, esto nos lleva a llevarnos todo a casa sin pensar que quizá
esos objetos no nos darán calma, sino más dolor. Y a menudo nos anclan en el pasado,
impidiéndonos avanzar.
Cuando murió mi madre, hubo un objeto que me generó mucha controversia: sus
zapatillas de estar en casa.
Eran casi una extensión de ella. Además, se las había regalado yo. Sentía que al
dejarlas ir, la perdía un poco más.
Pero también me pregunté: ¿qué voy a hacer con ellas? No las puedo usar porque no
son de mi talla. Tampoco quiero ofrecérselas a posibles visitas; eran suyas y no quiero
verlas en nadie más. Y, sinceramente, guardadas en una caja no hacen nada. Ocupan
espacio y, de alguna manera, duelen.
Ella era una mujer de salir, de quedar con amigas, de arreglarse. Las zapatillas solo se
las veía en casa, y cuando iba allí era porque estaba enferma. Si no, quedábamos para
salir.
El vínculo con esas zapatillas no era reconfortante. En mi caso, lo mejor fue donarlas a
una asociación para que tuvieran una segunda vida, sin que yo tuviera que verlas.
Trabajar esto conmigo misma, haciéndome esas preguntas, no ha sido nada fácil. Pero
sí muy útil y sanador. He podido actuar con consciencia, respondiendo cada “para
qué” y cada “por qué”.
Pero no es exactamente de eso de lo que quiero hablar hoy.
El orden del que quiero hablarte es el que solo puedes poner tú. Se trata de tomar esas
decisiones que muchas veces dejamos para mañana.
Y a veces, mañana es tarde.
Cuando nació mi hijo, decidí contratar un seguro de decesos para los tres. Uno de esos
en los que pagas tu entierro por adelantado y, llegado el día, la familia solo tiene que
decidir los detalles más básicos.
No digo que estos seguros sean imprescindibles; cada uno hace lo que quiere y puede.
Pero es cierto que facilitan mucho la gestión de la burocracia en un momento en que
no tienes la cabeza para hacer papeles. También me motivó saber que no dejaría a los
míos la carga económica de un entierro, que no es precisamente poca cosa.
Y, sobre todo, me dio paz saber que podía dejar claro lo que quiero que se haga
conmigo. Que mi familia no tenga que pensar en nada más que en transitar el duelo.
Si no quieres contratar un seguro, puedes escribir un documento, legal o no,
especificando tus deseos: ¿quieres incineración o entierro? ¿Dónde te gustaría que
fuera? ¿Hay alguna canción especial que querrías que sonara en tu despedida?
Pueden parecer conversaciones morbosas, pero saber todo esto alivia muchísimo la
carga de los que se quedan.
Después de haber tenido que organizar el velatorio de mi madre, he visto que no fui lo
suficientemente específica. Hay decisiones que me costaron mucho de tomar con el
corazón roto y el alma vacía.
Dejarlo todo bien definido me parece un acto de generosidad y amor hacia los tuyos.
El problema es que a menudo no sabemos lo que queremos. No queremos pensarlo.
Nos da miedo, nos entristece o nos incomoda. Pero es necesario para no dejar esa
carga a la familia. Una vez hecho, ya no hace falta volver a pensarlo, pero te da la paz
de saber que lo has dejado todo en orden.
Esto lo tengo resuelto desde hace diecinueve años y, recientemente, lo he actualizado
para incluir detalles que en su momento no se me ocurrieron y que ahora veo
importantes. Pero aún me queda un gran paso: el testamento vital.
Por desgracia, en casa hemos vivido una situación inesperada. Una persona muy
querida, de repente, quedó conectada a una máquina sin posibilidad de recuperación.
Durante semanas mantuvimos un hilo de esperanza, deseando que los daños fueran
reversibles o, al menos, compatibles con una vida digna. Pero la vida tenía otros planes
y los médicos nos dijeron que había que tomar una decisión.
Recuerdo conversaciones de sobremesa, hablando de la vida y la muerte, como si
nunca nos fuera a tocar. Ella nos había dejado entrever lo que querría. Y aunque no lo
hubiera hecho, conociéndola, no tuvimos dudas sobre el camino correcto.
Igual que con mi madre, llegó el momento de dejarla marchar. Pero, por mucho que
sepas que es la decisión correcta, eso no hace que pese menos.
El resto de mi vida tendré que convivir con el recuerdo de haber dicho en voz alta que
alguien a quien amaba profundamente debía morir.
Por muy correcto que sea, duele. Pesa. Te hace sentir culpa y angustia.
Y luego llega la pregunta sobre la donación de órganos y tejidos.
No es fácil. Nadie debería tener que pasar por eso nunca.
El acto más generoso que podemos hacer es dejar todo esto por escrito legalmente.
Además de tener el carnet de donante, como hice hace años, ahora me toca pedir cita
en el centro de salud y firmar las últimas voluntades.
En principio, nunca debería usarse. Pero no sabemos cómo ni cuándo llegará la hora.
Lo único que sabemos con certeza es que llegará. Así que no cuesta nada estar
preparados.
Y de verdad que no cuesta nada. Puedes pedirlo en tu centro de salud y te ayudarán
con los trámites. Solo necesitas reflexionar bien sobre tus deseos y llevarlos al
documento que te facilitarán, junto con dos testigos. Catorce días después deberás
ratificar la decisión, y ya está. No hace falta volver a pensarlo si no quieres.
Hablar de todo esto puede incomodar. Pero no es morboso ni triste. Es amor puro
hacia los que se quedan. Es el regalo de permitirles vivir su duelo sin cargar con
decisiones imposibles.
Organizar también es esto.
Una casa en orden no te dará la felicidad, pero una caótica puede robártela. Y estas
decisiones son el orden más profundo que puedes regalar.


