Skip to main content

Últimamente me encuentro a menudo con una frase en redes que, de entrada, me
parece preciosa, pero si rascas un poco, es inquietante: «No es culpa tuya».
Y es verdad. Muchas cosas que nos pasan no las hemos elegido. No es culpa tuya
haber crecido en una casa donde nadie te enseñaba a organizarte. No es culpa tuya
tener tres criaturas, dos trabajos y una casa que parece haberse declarado en huelga.
No es culpa tuya haber pasado una mala época y que el orden se te escapara de las
manos.
Hasta aquí, perfecto.
El problema es cuando el «no es culpa tuya» se convierte en «por tanto, no puedes
hacer nada». Y aquí es donde el mensaje empieza a chirriar.
Porque una cosa es entender por qué estás donde estás y otra muy distinta es quedarte
instalada ahí, con una mantita y palomitas, porque ahora tienes una explicación que te
hace sentir mejor.
No todo el mundo parte del mismo lugar ni dispone de las mismas herramientas,
tiempo, dinero o energía. Hay momentos vitales caóticos, dinámicas familiares
complicadas y vidas tan sobrecargadas que el orden siempre queda para más
adelante. Y eso también hay que tenerlo en cuenta, porque no tiene mucho sentido dar
la misma receta a todo el mundo.
Pero creo que hay una línea muy fina entre quitarnos la culpa de encima y quitarnos la
responsabilidad. Y esta segunda parte me preocupa.
Imagina que no te han enseñado nunca a gestionar una casa. De acuerdo. No es culpa
tuya. Pero si a los cuarenta años abres el armario y recibes el ataque de una manada de
jerséis saltando sobre ti, quizá ya no sirve de mucho saber que tu madre tampoco sabía
doblar camisetas.
Quizá necesitas menos ropa. Quizá tienes que cambiar la manera de guardarla. Quizá
hay que crear unos hábitos que te ayuden a mantener el orden. Quizá tienes que dejar
de comprar cosas «por si acaso». O quizá necesitas ayuda profesional. La
responsabilidad no es hacerlo todo tú. Es hacerte cargo de buscar una salida.
En mi caso, lo veo clarísimo con el orden. Cuando entro en una casa, no puedo aplicar
la misma solución a todo el mundo. No tiene ningún sentido decirle a una madre sola
con tres criaturas, un negocio y poca ayuda que tiene que hacer exactamente lo mismo
que una persona sin hijos que trabaja media jornada y tiene ayuda doméstica.
Y precisamente aquí es donde creo que está una parte importante de mi trabajo:
entender qué está pasando en esa casa, escuchar con los oídos pero también con los
ojos, viendo la realidad que me cuentan y la que se ve en cada rincón, para dar la
solución que la familia realmente vaya a aplicar y no una fantasía de cestas bonitas.
Porque entender qué está pasando es imprescindible, pero no puede convertirse en
una excusa para no mirar qué se puede cambiar.
Por ejemplo, frases del tipo «no es que no puedas hacerlo, es que todavía no has
encontrado el momento». Porque, de acuerdo. Pero si hace dos años que no
encuentras el momento, quizá tenemos un pequeño problema. ¿Qué hacemos?
¿Esperamos a que llegue? No podemos eliminar la responsabilidad al mismo tiempo
que matamos la culpa.
Y aquí creo que la IA tiene algo que ver, porque a menudo le explicas una situación
complicada y te devuelve una respuesta que hace que te sientas muy comprendida:
«Es normal que te cueste», «has hecho lo que has podido», «no te exijas tanto».
Y escucha, está muy bien que alguien te diga que no eres un desastre.
Pero después, ¿qué? Porque podemos convertirnos en especialistas en entendernos y
amateurs en cambiar las cosas.
Eso es lo que me preocupa de este discurso cuando se lleva al extremo. Que, con la
intención de quitarnos presión y culpa, acabemos dándonos la excusa perfecta para no
hacer nada. «Es que en mi casa nunca me enseñaron a ordenar». «Es que tengo
criaturas». «Es que soy desorganizada». «Es que Marie Kondo dice que con niños ya no
se puede». «Es que tengo Marte en cuadratura con Plutón».
Bueno.
Si quieres vivir en medio del caos y a ti te hace feliz, adelante. No soy nadie para decirte
cómo tienes que tener tu casa. Pero si vives quejándote constantemente porque no
encuentras nada, gastas dinero comprando cosas que ya tenías, llegas tarde porque
las llaves del coche han desaparecido en un agujero negro, no tienes nada que ponerte
a pesar de tener un armario que no respira y cada vez que entras por la puerta se te cae
el alma a los pies, quizá ya no basta con explicar por qué pasa.
Quizá toca hacer algo.
A veces hay que empezar por algo tan poco glamuroso como reconocer que tenemos
un problema. Otras veces hay que cambiar el sistema de la casa, porque no funciona.
Quizá hay que reducir la cantidad de cosas que tenemos, porque no hay organización
que aguante una casa saturada. Quizá hay que repartir mejor las tareas con la pareja o
con la familia. Quizá hay que aprender a delegar.
Para mí, responsabilizarse no significa cargar con una mochila de culpa a la espalda.
Justo al contrario. La culpa nos deja atrapados en lo que ya ha pasado. La
responsabilidad mira hacia delante.
No es culpa tuya haber llegado hasta aquí. Pero sí es responsabilidad tuya decidir qué
quieres hacer a partir de ahora. Porque si todo es culpa de los demás, de tu infancia, de
tu pareja, de tus hijos, de la falta de tiempo o de la conjunción de los planetas, poco
puedes hacer tú. Pero si aceptas que hay una parte que sí está en tus manos,
recuperas margen de acción.
No hace falta que mañana por la mañana tengas toda la casa perfecta. No hace falta
que te conviertas en una persona que no eres intentando mantener una casa de
revista. No hace falta que compres ninguna caja transparente ni que etiquetes hasta
los calcetines. Quizá solo hace falta empezar por un cajón y ver qué pasa, sin esperar a
tener una tarde motivada o a que mi espíritu te posea el sábado por la mañana.
No necesitas culparte porque tu casa esté hecha un desastre. Pero tampoco necesitas
justificarla eternamente. Quizá hoy no puedes cambiarlo todo. Pero sí puedes decidir
cuál es el primer paso: un cajón, una llamada, una conversación con tu pareja, una
bolsa para donar o una persona a la que pedir ayuda.
No hace falta arreglarte la vida entera este fin de semana. Pero algo sí puedes hacer.
Porque quizá no es culpa tuya haber llegado hasta aquí, pero sí es responsabilidad tuya
decidir cómo vas a solucionarlo.
Recuerda que una casa ordenada no te dará la felicidad, pero una caótica te la puede
robar.