Skip to main content

Cuando pensamos en una persona perfeccionista solemos imaginarnos a alguien con una casa
impecable. Las sábanas bien estiradas, los armarios organizados por categorías, los botes
etiquetados y una capacidad casi sobrenatural para mantener el orden sin demasiado esfuerzo.
Como organizadora profesional he descubierto que la realidad suele ser bastante más
complicada.
De hecho, algunas de las personas más perfeccionistas que he conocido también son las que más
dificultades tienen para mantener el orden en su casa.
Y sé que suena contradictorio.
Porque cuando pensamos en una casa caótica solemos imaginar a una persona desorganizada,
despreocupada o que simplemente pasa de todo. Pero muchas veces me encuentro exactamente
lo contrario. Personas responsables, exigentes, trabajadoras y tremendamente capaces. Gente
que gestiona equipos, presupuestos, negocios o familias enteras sin despeinarse demasiado.
Personas que tienen su vida bastante más controlada de lo que ellas mismas están dispuestas a
admitir y que, a pesar de ello, llegan a casa y sienten que no pueden ni con el armario de la
entrada.
De hecho, esta es una de las situaciones que más me encuentro cuando trabajo en casos de caos
importante. Y cuando digo caos no me refiero a cuatro zapatos fuera de lugar, la cama sin hacer
y dos platos en el fregadero. Hablo de casas donde prácticamente no queda ninguna superficie
libre, de cajas apiladas, de montones de cosas que van cambiando de habitación pero nunca
desaparecen y de personas que hace tiempo que han dejado de invitar gente a casa porque les
da vergüenza la situación.
Lo más curioso es que, cuanto más conoces a la persona, menos encaja con el estereotipo que
todos tenemos en la cabeza. Porque no suelen ser personas dejadas. Ni perezosas. Ni incapaces
de organizarse. Muchas veces son precisamente las mismas personas que en el trabajo tienen
fama de resolutivas, eficientes y perfeccionistas.
Durante mucho tiempo yo también pensé que estas situaciones eran una cuestión de
desorganización. Pero con los años he llegado a la conclusión de que muchas veces el problema
es exactamente el contrario.
Les importa demasiado.
Quieren hacerlo bien.
Quieren tomar las decisiones correctas.
Quieren encontrar el sistema perfecto.
Quieren ordenar de una vez y dejarlo resuelto.
Y ahí es donde empiezan los problemas.
En el trabajo estamos rodeados de plazos, prioridades y consecuencias. Sabemos qué tenemos
que hacer, cuándo debemos entregarlo y qué pasa si no lo hacemos. En casa, en cambio, nadie te
va a reclamar el cajón de los cables. Nadie te preguntará por aquella caja que sigue pendiente
desde la última mudanza. Nadie te hará una reunión de seguimiento porque todavía no has
decidido qué hacer con esa ropa que no te pones pero tampoco te atreves a dejar marchar.
Las decisiones se van acumulando de una forma muy silenciosa. Ya revisaré estos papeles cuando
tenga un rato. Ya miraré qué hay dentro de esta caja cuando pueda concentrarme. Ya haré
limpieza del armario cuando tenga tiempo de hacerlo bien. Ya me pondré con ello cuando tenga
energía. Ya lo haré cuando pueda terminarlo.
Y aquí aparece un personaje que me intriga especialmente: el momento adecuado.
Ese instante mágico en el que tendrás tiempo, energía, motivación, capacidad de concentración y
ganas de tomar decisiones durante horas seguidas. Una criatura mitológica bastante parecida al
unicornio. Todo el mundo ha oído hablar de él y hay quien está convencido de que existe, pero la
mayoría llevamos años esperándolo sin demasiado éxito.
El problema es que la mayoría de estas personas no están esperando por pereza. No están
evitando el problema porque no les importe. De hecho, suele ocurrir exactamente lo contrario.
Les importa tanto que quieren hacerlo de la mejor manera posible. Quieren tener tiempo para
decidir con calma, terminar lo que empiezan y ordenar el espacio como es debido. Y esa es una
trampa sorprendentemente eficaz.
Porque cuando la única opción aceptable es hacerlo bien, cualquier rato parece insuficiente. Si
necesitas una mañana entera para empezar, acabarás descartando cualquier hueco de treinta
minutos. Si crees que tienes que terminar una categoría completa, ni siquiera abrirás la primera
caja. Si estás convencida de que necesitas el sistema perfecto, dedicarás más tiempo a buscarlo
que a poner orden.
Mientras tanto, la vida sigue pasando.
Y las decisiones pendientes también.
Creo que una de las consecuencias más perversas de todo esto es que muchas personas pasan el
día recogiendo sin llegar nunca a ordenar. Más que poner orden, mueven cosas de sitio. El
montón de papeles pasa de la mesa a la silla. De la silla a la cama. De la cama a una caja. La caja
acaba en el despacho. Y un tiempo después vuelve a aparecer en el comedor. El problema no
desaparece, simplemente cambia de dirección.
También me encuentro a menudo con personas que consumen una cantidad enorme de
contenido sobre organización y productividad. Hacen la cama cada mañana porque lo
recomienda no sé qué experto, intentan aplicar la regla de los dos minutos, buscan las cestas
perfectas para el baño o se sienten culpables porque su dormitorio no parece una foto de
Pinterest.
Y a veces miro a mi alrededor y pienso que nos estamos preocupando por el tejado cuando
todavía no hemos terminado las paredes.
Porque si no existe un lugar donde devolver las cosas, la regla de los dos minutos no te va a
solucionar gran cosa. Si todavía no has decidido qué quieres conservar, quizá no necesitas más
cajas. Si el problema es una casa saturada de objetos, probablemente la solución no pase por
comprar más organizadores.
A veces me encuentro personas preocupadísimas porque no hacen la cama todos los días
mientras conviven con una pila de papeles que lleva seis meses viajando por distintas superficies
de la casa. O personas que quieren tener veinte cojines decorativos como en la foto de referencia
pero reconocen que apenas encuentran tiempo para cambiar las sábanas con la frecuencia que
les gustaría.
No es que estén haciendo poco.
Es que están intentando empezar por el final.
Y eso genera mucha frustración. Porque cada objeto fuera de lugar se convierte en una prueba
más de que no lo estás haciendo suficientemente bien. Cada espacio pendiente se transforma en
un recordatorio constante de todo aquello que todavía no has resuelto. Y llega un momento en
que la casa deja de ser una casa para convertirse en una gigantesca lista de tareas pendientes.
Quizá por eso la vergüenza es tan habitual. No porque el desorden les sea indiferente, sino
precisamente porque les importa. Les importa tanto que llevan años intentando encontrar la
manera correcta de solucionarlo.
Lo que ocurre es que la manera correcta suele ser la gran enemiga de la manera posible.
Y una de las cosas más liberadoras que veo en esta profesión es el momento en que una persona
entiende que no necesita un sistema perfecto. Necesita un sistema que funcione. No necesita una
casa de Pinterest. Necesita una casa donde pueda encontrar las llaves. No necesita veinte cojines
decorativos. Necesita poder sentarse en el sofá sin tener que mover tres montones de cosas
antes.
Porque al final, y esto es algo que el perfeccionismo intenta ocultarnos constantemente, la
mayoría de los cambios importantes no empiezan cuando llega el momento perfecto.
Empiezan el día en que dejamos de esperarlo.
Así que te animo a empezar, ya que una casa ordenada no te dará la felicidad, pero una
caótica te la puede robar.